Las imágenes asociadas con Marius de Marcel Pagnol son impactantes. Marsella, el puerto viejo, el juego de cartas, «Me rompes el corazón», el propio Marius, Fanny, César y los demás. Imágenes tan impactantes que pocos directores han capturado fielmente la obra, que conserva la imaginería pagnolesca de la trilogía marsellesa. Excepto los belgas de la Compañía Marius, a quienes vimos hace unos quince años, que usan su acento flamenco para encontrar una distancia liberadora.
Así pues, con curiosidad, íbamos a ver qué haría Joël Pommerat con la obra. Sin dudarlo un segundo, lograría que hablara, como hizo con los cuentos de hadas, desde Cenicienta hasta Caperucita Roja. Y acertamos. Con este Marius, Pommerat nos regala todas las imágenes epinalianas de la obra de Pagnol. Los personajes, la atmósfera, el escenario que ambienta la panadería de César, el juego de cartas. Todo está ahí, y sin embargo, el parecido termina ahí. Pommerat nos presenta un Marius mucho más atormentado. Todo ya estaba en Marius, pero acercó el hilo de la obra de Pagnol a la de Corneille para centrar la obra en la imposibilidad de elegir entre Fanny y la gran aventura, como Rodrigue, dividido entre el amor por Chimène y el honor de su padre. Una mirada a Marius que le da un nuevo cuerpo, más universal y con mayor resonancia entre el público. Al menos fuera de Marsella.